Noche de oro del Atletismo colombiano

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Muriel Coneo lo dio todo en los últimos 100 metros. Entregó el alma, el corazón y sus piernas volaron en busca de la meta de los 5.000 metros. Allí estaba el oro ya saboreado en los Centroamericanos de Veracruz y en los Panamericanos del 2015, pero deseado en los Juegos de Barranquilla. José Mauricio González también se vació en cuerpo y alma, pero pegó un zarpazo a 300 metros de la meta, abandonó a sus contrincantes y coronó entre la ovación del público que llenó el estadio Rafel Cotes. Dos oros en una noche mágica para el atletismo colombiano, pero especial para Barranquilla, que goza de sus Juegos y se abraza y besa y disfruta cada noche de gloria.

Muriel Coneo entró en la final con un tiempo de 15.43.33, salió por la calle 2, mientras su compañera Emice Flores lo hacía por la 5 con un crono de 15.30.87. Pero en la carrera ambas sabían que tenían una rival peligrosa. La portorriqueña Beverly Ramos, con un nombre en mayúsculas en el atletismo por ser la única atleta, mujer u hombre, que ha sido capaz de ganar medallas en la historia de estos Juegos en cuatro competiciones distintas: 1.500, 5.000, 10.000 y 3.000 obstáculos.

Las colombianas sabían que una carrera lenta les daría opciones. El calor, la humedad, y el apoyo del público tenían que ser sus aliados. Y Muriel lo aprovechó todo a fondo. Y cuando llevaban más de 15 minutos corriendo, cuando faltaban aproximadamente 100 metros soltó la quinta marcha y se fue. No la detuvo nadie. Beverly apretó, pero no pudo. Y el público en pie gritaba y empujaba lo suyo. Ganó con diferencia. Su crono (16.13.47) no fue el mejor de su vida, pero ahí tiene otro oro para su vitrina.

José Mauricio González hizo el doblete de oro colombiano en los 5.000 con una marca de 13.53.40, casi 9 segundos más que el mejor tiempo establecido en los Centroamericanos del 2010 por el multimedallista Juan Luis Barrios. González también sintió la alegría impulsadora de los asistentes al estadio. El calor del triunfo en Barranquilla. La berraquera de correr en esta tierra tan hospitalaria y que se ha volcado con todos los deportistas, independientemente si conocía la especialidad.

González soltó a su hermano Iván Darío a 300 metros de la meta. Puso la directa y no lo agarró nadie. Fue un caballo con paso firme hacia la gloria. La consiguió. Y lloró en el podio cuando recibió el oro. Fue otra noche mágica vivida en unos inolvidables Juegos Centroamericanos y del Caribe. Fue otra noche de oro para el atletismo colombiano.

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